La herida de La humillación.
- Alexander Laínez
- 17 feb 2021
- 2 Min. de lectura
Una humillación es ya muy difícil de soportar para un adulto; si quien la sufre es un niño, puede marcarle de por vida. La herida emocional de la humillación tiene lugar cuando un niño percibe que uno de sus padres se avergüenza de él por algún determinado suceso:
El niño hace una travesura y el padre le grita en soledad o frente a otros niños o adultos, que es “un desconsiderado,” “que no tiene respeto por su padres”, otro ejemplo es que el niño se orina en la cama y los padres, primero lo regañan y después se lo cuentan a los familiares y amigos;
Para evitar que un niño quede marcado por la herida emocional de la humillación, es muy importante que sus padres, educadores o profesores no les califiquen como malos, torpes, imbéciles, haraganes, etc. Es mucho más educativo y a la vez efectivo decirle a un niño que ha hecho una cosa mal a decirle que él es malo, ya que una acción no define a una persona como buena o mala. O solo por equivocarse no se puede tacharle de estúpido o falto de entendimiento.
Asimismo, es preferible regañar a un niño de forma privada que pregonar su mal comportamiento a los cuatro vientos. Estas actitudes de los ‘educadores’ son sumamente destructivas para la autoestima de los niños. Porque, de tanto repetírselo, el niño creerá que efectivamente es malo o estúpido, se comportará como tal y se avergonzará de sí mismo (“me odio” será uno de sus pensamientos recurrentes).
La persona que ha sentido humillada en la infancia, a menudo, desarrolla una actitud masoquista en su adultez, es decir, que encuentra satisfacción, e incluso placer, en el sufrimiento. Aun cuando lo haga de manera inconsciente, busca humillarse y castigarse antes de que otra persona le pueda dañar

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