No son pocas las personas que han sentido la herida emocional del abandono en su infancia. Este sentimiento puede haber sido provocado por diversas circunstancias vitales:
Sus padres realizan trabajos muy absorbentes y tienen muy poco tiempo para él.
Si sus padres lo dejan con alguien durante las vacaciones siendo muy pequeño.
Uno de los progenitores está siempre muy enfermo y el otro está demasiado ocupado o ausente.
Siendo un niño muy pequeño tuvo que ser internado en el hospital a causa de una enfermedad y tuvo que pasar allí mucho tiempo separado de sus padres.
Los niños pequeños necesitan un contacto permanente con sus padres o cuidadores influyentes para crecer psicológicamente sanos. Si estas personas han estado casi siempre ausentes, o al menos emocionalmente ausentes, por los motivos que fueran durante gran parte de la infancia del niño, éste percibirá que no tiene un referente en quien apoyarse y se sentirá perdido e incomunicado.
Asimismo, el dependiente emocional es muy propenso a adoptar el papel de víctima. Según el psicólogo Stephen Karpman, los tres comportamientos típicos en las relaciones interpersonales de codependencia son el de salvador, el de víctima y el de perseguidor. Aquel que se sintió abandonado en la infancia es frecuente que se comporte como una víctima en sus relaciones con otras personas con el objetivo último de llamar su atención y lograr su apoyo. Porque una víctima tiene una especial ‘habilidad’ para complicarse la vida y meterse en dificultades. Sin embargo, en vez de buscar solución a los problemas, suelen adoptar una posición pasiva mientras maldicen su mala ‘suerte’. Una víctima siempre necesitará que otra persona que adopte el papel de salvador le solucione su vida y le socorra.

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